 Se han hecho varias estimaciones sobre la importancia del bulliyng o acoso en las escuelas de educación básica. Una estimación (elevada) habla de 30 por ciento y otra, más reciente, señala que, al menos, 10 por ciento de los alumnos de esos niveles sufren acoso o agresión sistemática. Somos un país con una fuerte cultura de la violencia. La violencia rodea a los alumnos pequeños, pero los padres y maestros pocas veces saben qué hacer frente al fenómeno. Lo usual es que un padre recomiende a su hijo: "¡si te pegan, no te dejes, defiéndete!" Pero se ha probado que esa es una solución falsa y contradictoria. No sólo es cruel e inmoral, sino impráctica. La violencia sólo crea violencia; el odio con violencia conduce a un callejón sin salida. Tampoco funcionan las simples amonestaciones verbales de los docentes o los castigos convencionales que aplican los directores. El problema de fondo es, por un lado, individual, y por otro, institucional. Se relaciona con actitudes, valores y conceptos sobre la convivencia (en sentido estrecho y en sentido amplio) que la escuela promueve sobre la convivencia. Las escuelas deben organizarse para combatir sistemáticamente todas las formas de la violencia y educar a los alumnos dentro de reglas de convivencia pacífica. La solución está en la educación para la paz. Las cuestiones de la paz y el conflicto son parte del tejido mismo de la sociedad y nos acompañan toda la vida. Pero la paz no es ausencia de violencia (o de guerra). Un libro de reciente publicación (Zataráin, Contra el bullying. Peacemakers) enuncia una batería de consejos para que el niño acosado se defienda de su agresor y para ello recomienda: a) controlar el miedo. El miedo es una idea, en ocasiones es sólo un fenómeno psicológico. Otras veces se vuelve un círculo vicioso: “tienes miedo a ser miedoso”, lo cual aumenta tu miedo. En otras no. A veces el entorno (amigos, familiares, etcétera) refuerza la idea de que eres miedoso. Es importante descartar la idea propia de tu miedo y las ideas de los demás sobre ti y creer en ti mismo; b) conocer a tu agresor. Un agresor es, por lo común, alguien que por una experiencia negativa de su pasado se encuentra muy lastimado emocionalmente; es un ser débil que, con su violencia, intenta ocultar su debilidad. Una persona lastimada tiene miedo a volver a ser lastimado, y busca controlar a los demás antes de que los demás lo controlen a él. “Control” significa que la víctima hace lo que el agresor quiere (controla sus emociones). Es frecuente, además, que el acosador sea, a su vez, acosado en algún ambiente extraescolar (violencia paterna, por ejemplo); c) anular el acoso. Esto se logra, primero, no reaccionando como él espera, es decir, con miedo; actuando con serenidad. Jamás caer en el juego violento del agresor. Hay que responder a sus provocaciones con palabras claras, directas, no agresivas, pero sí asertivas. Dialogar —hablar— y anular su instinto de control o de violencia mediante una serie de conductas que rompan sus intenciones y abran la vía más fuerte que es —probablemente— la de acercarte a él, hacerlo tu amigo, etcétera. A la postre, lo que el acosador requiere es reconocimiento, amistad, confianza, etcétera. La otra dimensión de la educación para la paz es la de los conflictos sociales e internacionales. Esto supone que en el currículum de la escuela básica, los alumnos aprendan lo que son los conflictos, los actos de violencia y las guerras. El tema general es solución de conflictos. Pero se debe partir del hecho de que los niños deben estar informados de los conflictos reales que acontecen en el mundo y los docentes deben explicar: 1) que la guerra y el conflicto violento no conducen al bienestar humano y sólo generan dolor y muerte; 2) que tampoco son el resultado de aspectos inevitables de la naturaleza humana; 3) es decir, la guerra se aprende y es posible aprender la paz, es decir, modos alternativos de ser, de comportarse y organizarse (Hicks, D. Educación para la paz. Morata). * Profesor de la UNAM, director de la revista Educación 2001
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