10 . Mar . 2010
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¿Sabías que en España más de un tercio de los profesionistas de 25 a 64 años trabaja en empleos que no requieren de una formación universitaria, es decir para los que no hubiera hecho falta que estudiasen hasta donde lo han hecho? ¿Y que en México ocurre un fenómeno semejante?
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El sentido de la universidad contemporánea

En este tiempo, en el que la identidad de la Universidad poco se discute, en que los debates tratan sobre su globalización, el financiamiento, crecimiento, evaluación, eficacia, calidad y excelencia, será todavía pertinente interrogarnos sobre su sentido universal e identidad. En tal perspectiva se desarrolla este ensayo en que se interroga sobre: ¿cómo se representan la velocidad, la integración, la interculturalidad, la incertidumbre, la certidumbre y la legitimidad en una Universidad a la deriva o somos nosotros los que en ella nadamos sin saber para dónde?

 

Lo universal en la universidad

En los últimos años se ha observado un shock provocado por el cambio de siglo. En la medida que se acerca el siglo XXI la reflexión sobre lo que hemos sido, somos y anhelamos ser se intensifica. Asimismo, la polémica sobre los problemas, desafíos, paradojas, deseos y utopías tiende a internacionalizarse; se discute mundialmente sobre: los derechos humanos, la ética ambiental, las pandemias, el desenfrenado poder de los medios de comunicación, la globalización, el trato a las diferencias multiculturales; en fin nunca el debate había alcanzado tal nivel de mundialización, es un debate planetario sobre nuestro presente y porvenir. El cambio de siglo invita a revisar, analizar evaluar y transformar.

En los debates contemporáneos la Universidad participa intensamente, cumpliendo como quizás nunca lo había hecho con su misión universal. En esta época de tránsito hacia un nuevo siglo, la Universidad intensifica sus interrogantes, sus dudas, su inconformidad, diversifica sus opciones y transgrede su propia identidad. Es su permanente actitud crítica lo que más le distingue, cuestiona sus paradigmas, objetivos, creencias, valores, normas, formaciones, estructuras y objetivos. Se cuestiona de múltiples maneras, desde diversos referentes y con diversos propósitos; sólo reconoce un consenso: el que no hay consenso. O quizás, emerge uno nuevo, el de los que acuerdan son signos comunes con infinitos significados. Así, la Universidad actualiza su propio debate, sobre los signos universales, sus fines, su sentido.

La reflexión de los fines hace recordar un verso de Fernando Pessoa: "La luna brilla por igual en el mar y en los pequeños charcos porque está lo suficientemente alta". En el caso de la Universidad, conocida como la máxima casa de estudios que el hombre a creado, los fines representan lo más alto, lo universal, en donde habitan los signos que la irradian y le dan sentido.

Son los valores universales no los pasajeros y coyunturales los que la dotan de sentido, los que propician su autocrítica, transformación y reinvención. Sin valores universales la Universidad no es universal, por ende, paradójicamente no es universidad, Pero ¿en qué consiste lo universal?, terminamos el siglo más familiarizados con conceptos como globalización, mundialización, internacionalización, mientras que lo universal parece ser una metáfora de una ética trascendental venida a menos por el auge de lo histórico, lo concreto y las delimitaciones espacio-temporales. Sin embargo, la Universidad es también una metáfora que ilustra la ilusión infinita del pensamiento, de la imaginación, las pasiones y creatividad del hombre.

Lo universal posee una presencia holística en la Universidad: no empequeñece, no reduce, no particulariza, no limita; por ende, "alumbra por igual" o debería hacerlo a la creación, transmisión y aplicación de conocimientos y, asimismo: a la investigación, enseñanza y formación. Y sobre todo, a sus habitantes.

Lo universal no se ha dado de alguna vez y para siempre, posee su historia, una historia distinta a la mayoría de las historias, es una historia del sentido del sentido, de lo que trasciende al sentido del hecho, al sentido del hombre en particular y a todos los aquí y ahora.

La dimensión histórica de lo universal es de una consistencia a prueba del tiempo, sobre todo a prueba de ese tiempo frágil, en donde todo cambia a todo momento, donde todo es efímero, donde nada es igual. Precisamente, un riesgo para la Universidad radica en olvidar lo universal y disolverse en lo efímero, entonces la Universidad irá a la deriva; pero, ¿podrá la Universidad de estos tiempos resistirse a lo efímero?, como aquellas Universidades medievales que se reproducían con aires de eternidad.

Imposible, las Universidades contemporáneas viven a grandes velocidades, están obsesionadas por estar al día, un día instante, un día relámpago y fugas. No se trata de contraponer lo universal a lo efímero, sino de crear el sentido universal de lo efímero, se trata de inventar las mediaciones que permitan el vínculo entre lo trascendental y el instante, así lo local, la diversidad y lo multicultural serán representaciones del sentido universal.

Se trata pues de redescubrir lo que ni el olvido, ni el olvido del olvido han podido desaparecer: lo alto lo infinito, lo ilimitado de la identidad de la máxima casa de inteligencia que el hombre ha creado.

Pues bien, ¿cuáles son esos signos universales que trascienden y descienden en los tiempos y espacios y que permean las acciones, funciones, aspiraciones y hechos, que aparecen y desaparecen? entre otros: la duda, la interrogante, el entendimiento, la crítica, la complejidad, la tolerancia, el compromiso, la competencia, la creatividad, la invención, etcétera.

Cierto, no están todos, nunca han estado todos, el todo no existe, son sólo algunos valores representativos de la Universidad moderna. Algunos vienen de tiempo atrás, quizás doscientos años diría Kant1. Lo que sí representan son a una parte de los universales contemporáneos.

No pretendo ni creo posible definir los signos universales, dejarían de serlo, sus definiciones son diversas, plásticas, establecen nexos complejos entre sí, propician explosivas polémicas. Para tomar una posición conceptual con tales signos de sentido se requiere pasar a otro lugar, a algunos desafíos que se están expresando en la Universidad contemporánea, de los tantos que hay seleccioné a: la velocidad, la integración e interculturalidad, la certidumbre e incertidumbre y la legitimidad. Los siete requieren de sentido para que la Universidad sobreviva y mejorviva en estos tiempos en que su identidad podría desaparecer.

 

La velocidad en la universidad

Iniciaré comentando el signo hiper, un signo que irradia nuestro tiempo, un signo absorbente, delirante, que trasciende cualquier frontera.

El hiper es un signo que da cuenta de la aceleración, del éxtasis que el vértigo provoca, de lo efímero de nuestro tiempo, del sentido a la deriva, de la mundialización de lo local, de las paradojas contemporáneas; en fin el hiper es intenso, absorbente, quizás sea uno de los signos más desafiantes de este delirante fin de siglo.

Autores que, desde mi parecer, son sensibles al hiper como Federico Mayor, director general de la UNESCO opina: "Dos rasgos sobresalen de la panoplia de fuerzas, hallazgos e innovaciones: la aceleración del cambio tecnológico y la mundialización de los conflictos"2.

Milan Kundera, por su parte, afirma: "La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre....Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a la máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis"3.

Gilles Lipovetsky considera que: "La moda se halla al mando de nuestras sociedades; en menos de medio siglo la seducción y lo efímero han llegado a convertirse en los principios organizadores de la vida colectiva moderna; vivimos en sociedades dominadas por la frivolidad, último eslabón de la aventura pluricelular, capitalista —democrática— individualista"4.

El hiper posee múltiples presentaciones, trato aquí, algunos hiper-desafíos que, a mí ver, ya se asoman a las universidades —¿sólo se asoman?— me refiero a las hiperactualizaciones, a las hiperintegraciones, y a las hipercertidumbres.

Recomiendo al lector no quitar el hiper, pues si cede a tal censura debilitaría la intensidad de los conceptos. En cambio si el hiper le parece un exceso, que lo es, quizás pueda imaginarlo como un signo efímero con una trayectoria a la deriva, viable de corregir.

 

Hiperactualización

El signo actualización continúa acumulando prestigio, se le vincula con eficiencia, utilidad, competitividad, calidad, excelencia y sobre todo éxito individual y social. No sólo acumula prestigio sino también legitimidad, pues se le concibe como necesidad, obligación, posibilidad e interés. Estar actualizado y actualizar son señales obsesivas de la educación contemporánea.

La actualización radica en la cúpula de los signos que obsesionan al pensamiento contemporáneo. Su ascenso ha sido vertiginoso. Se le localiza casi en todos lados, hasta los rincones más privados son hoy actualizados, los públicos aún más.

A la actualización sin apellidos poco se le piensa, no hay tiempo para ello, se le persigue sin alcanzarla, se mueve cada vez a más alta velocidad, por ello es el más efímero de los signos contemporáneos y paradójicamente aumenta su capacidad legislativa, con y desde ella se pretende determinar el atraso o el progreso, el fracaso o el éxito, la pobreza o la riqueza. El aceleramiento de la velocidad y la obsesión pedagógica por sintonizar con ella crean la hiperactualización. Esta ya no es la actualización de la modernidad, sobre ésta hubo o ha habido imaginariamente cierto control, pues se creía saber su ruta y destino. En cambio la hiperactualización vale por sí misma, por su utilidad en el aquí y el ahora. Por su disposición a des-re-aparecer y por su función legislativa. La actualización ha sido un medio, la hiperactualización se reivindica como un fin colateral a otros fines. La hiperactualización es una señal de la educación a la deriva.

Lipovetsky opina que: "Al final, se cambia de orientación en el pensamiento como se cambia de residencia, de mujer o de coche; los sistemas de representación se han convertido en objetos de consumo y funcionan virtualmente con la lógica de la veleidad y del kleenex"5.

La hiperactualización en la Universidad se manifiesta en vertiginosas innovaciones que tratan de poner al día a los contenidos, didácticas, normatividades, estructuras, organizaciones y funcionamientos de las instituciones; se pretende también poner al día a los profesores, investigadores, orientadores, directivos y estudiantes. La tendencia hiperactualizadora se dirige también hacia las creencias, valoraciones, actitudes, habilidades, relaciones, capacidades y expectativas. Todo debe ser actualizado, es el objetivo mayor de las políticas educativas de fin de siglo: de no ser así, advierten, continuará el atraso, el rezago, la improductividad, la miseria y otros signos negativos para el progreso educativo y social.

En las políticas hiperactualizadoras las preguntas se acompañan de sus respuestas, por ejemplo: ¿puede ser de excelencia una Universidad no actualizada?, ¿pueden considerarse de excelencia las instituciones con planes, programas y personal docente no actualizados?, ¿podrá valorarse como buen investigador, profesor u orientador quién no esté actualizado? La hiperactualización posee una obvia respuesta a tales interrogantes.

Sin embargo, la hiperactualización va expresándose con paradójica lentitud en ciertos lugares de la educación, existen resistencias y temores a despojarse de experiencias, creencias, hábitos y prácticas probadas por cotidianos resultados. Los mismos conceptos: formación, orientación, investigación resisten a los afanes hiperactualizadores, pues sus cualidades intelectuales, éticas y estéticas poseen sus propias velocidades, sus pausas, equilibrios, maduraciones y cambios que la hiperactualización no contempla ni tolera.

La hiperactualización se expresa cada vez más en las instituciones educativas, existen diversas señales al respecto; algunas de ellas son: se incorporan códigos de la robótica, cibernética, computación, realidad virtual e internet; se cuestionan a aquellas certidumbres que no sintonizan con los signos contemporáneos, a las que se descalifica por envejecimiento prematuro; se diseñan y realizan planes y programas flexibles, transformables, seleccionables, es decir: "a la carta"; a los clásicos se les trata como integrantes de un imaginario museo del pensamiento científico y social; aumentan los estímulos a los trabajadores académicos que se actualizan permanentemente, asistiendo a cursos, diplomados, posgrados, participando en eventos y que recorren —a veces con un mismo y mimético trabajo— diversos escenarios; se ofrecen abundantes opciones de actualización con los más curiosos y modificables temas. Así pues, un aforismo emerge con peligrosidad: sólo los hiperactualizados son de excelencia.

Las ofertas multihiperactualizadoras aumentan y en las universidades más que oposiciones se expresan lamentos y resistencias, a los que se hacen aparecer como aliados del pasado. El signo innovación adquiere un nuevo sentido, antes se recomendaba investigar previo al diseño de propuestas innovadoras, hoy no hay tiempo para ello, con rapidez se innova a las innovaciones, basta deslegitimar la innovación existente y legitimar a la emergente, lo cual implica que más que investigadores se demandan expertos en la legitimación y simulación innovadora. Estas señales se expresan también en las identidades de profesores y estudiantes, y sin embargo, es en éstos en los que más se manifiestan los lamentos, resistencias y críticas hacia las hiperactualizaciones.

La imagen de un profesor compitiendo con sus compañeros en la obtención de créditos mediante informes, constancias, distinciones y haciendo fila para entregar grandes volúmenes de comprobantes de productividad a las comisiones evaluadoras, para así obtener un estímulo o una beca; tal imagen es cada vez más generalizada, cotidiana, y absorbente. Ello propicia nuevas preguntas a la investigación educativa, por ejemplo: ¿cómo intervienen las tendencias multihiperactualizadoras en la identidad de los maestros e investigadores, en la de los orientadores, en la formación y orientación de los estudiantes y en la formación de los profesores? La obvia respuesta que la hiperactualización ofrece no satisface el escepticismo propio de la investigación.

La hiperactualización legitima la intolerancia respecto a las multiculturas tradicionales, regionales, étnicas, históricas, políticas, estéticas, religiosas, etcétera; ante ellas, la hiperactualización se muestra discriminatoria. La tensión entre hiperactualización y multiculturas aporta también interrogantes por investigar, a saber: ¿cómo se manifiesta la tensión entre las culturas y las hiperactualizaciones en las universidades?, ¿cómo incide la hiperactualización en las identidades multiculturales de los profesores, investigadores, orientadores y estudiantes?, ¿cómo incorporar las multiculturas en las instituciones si las hiperactualizaciones avanzan en prestigio, legitimidad e intolerancia?, ¿será posible construir una ética de la diferencia en instituciones irradiadas y obsesionada por las hipermultiac-tualizaciones?, ¿será posible proporcionar sentido universal a los veloces cambios universitarios? Estas y otras posibles interrogantes invitan a pensar en la presencia de las velocidades en la Universidad de este vertiginoso tránsito de siglo.

 

Las hipercertidumbres en las universidades

Un aforismo ha sido compartido por la mayor parte de los autores pedagógicos en los últimos cuatro siglos, me refiero al lema: "educamos hoy pensando en el mañana". Con la excepción de Rosseau quién pensó que el mañana es incertidumbre y, por lo tanto, se debería educar pensando en las necesidades e intereses del sujeto, la mayoría de los autores de la educación sí comprometieron el trabajo educativo al porvenir. En éste depositaron las certezas de un mundo mejor y, por ello, hablaron de formar hombres nuevos para sociedades nuevas.

Con ellos, las certezas pasaron a formar parte de la educación, la consigna se amplió además de su localización en el porvenir, se ha pretendido enseñar verdades verdaderas, valores virtuosos, conocimientos útiles y eficientes. Hoy las instituciones educativas acumulan grandes cantidades de certezas que se sustituyen por otras certezas, es lo que identifico como hipercertidumbre. Las certezas acumuladas en los planes de estudio, en la experiencia de los profesores, en las creencias de las autoridades requieren ser analizadas, pues la velocidad y la diversidad sociales trascienden los límites de certezas duraderas y conservadoras, quizás por ello Federico Mayor Zaragoza afirma: "Las herramientas intelectuales que en el pasado servían para interpretar la realidad han quedado obsoletas en esta coyuntura. Hay que inventar el porvenir. Con imaginación, audacia, y entrega superiores a cuanto se haya visto nunca"6.

La hipercertidumbre se ha despojado del prefijo in, el cual es el prólogo para toda creación, innovación o formación de pensamiento propio. El in parece ser parte de una amnesia institucional provocada por la hegemonía de las hipercertezas.

La palabra incertidumbre ha aumentado en popularidad, más no en prestigio. De ella se habla y se escribe con abundancia, se le trata como signo indeseado, se le identifica como antivalor y se le utiliza para deslegitimar ideas, acontecimientos y a personas.

Su domicilio está preferentemente en el porvenir, también se le localiza en el presente, en la vida pública y en la privada, en lo cotidiano y en lo extraordinario. Sin embargo, la incertidumbre vive con intranquilidad, le acompaña una permanente zozobra, pues se le pretende expulsar de la política, de la economía, de la afectividad, de la ética, de la educación, de la Universidad y de donde se le encuentre. Parece ser que, la incertidumbre moderna ha heredado la discriminación que la incredulidad ha padecido por parte de la teología.

Decía que, frecuentemente, a las incertidumbres se les identifica con otras expresiones del prefijo in, por ejemplo: inestabilidad, inseguridad, intolerancia, ineficacia, inequidad, etc. Como se observa este es un in indeseado. Tal maltrato no es novedad, la incertidumbre no es tolerada por las clásicas, tradicionales o actualizadas hipercertezas del porvenir, en las que la sociedad aparece integrada por hombres perfeccionados, totalizados, armoniosos y felices. La justificación y legitimación del maltrato a la incertidumbre proviene en parte de tales versiones y, desde ellas, como lluvia de certezas empapan, más no inundan nuestras creencias, anhelos, valoraciones y emociones.

La modernidad descubrió en el siglo XVII con Comenio y Locke y lo reafirmó en los siguientes, que la producción de certidumbres era buen negocio, su consumo creció vertiginosamente, se convirtieron en necesidad, pues poseerlas ha implicado obtener claridad, estabilidad, seguridad y poder, una especie de bienestar mental y social.

El pensamiento educativo moderno adoptó la certidumbre, la designó como el valor de los valores, la transformó en medio y fin, se declaró su productor y comunicador. Para los clásicos del pensamiento educativo moderno la incertidumbre es un pasajero desliz de la razón. Por ello argumentaron y fundamentaron la legitimidad de una educación basada en la certeza.

Creyeron en su valor superior, la utilizaron para diseñar versiones primaverales del porvenir y de los caminos para llegar a él. Con sus excesivos elogios transformaron la razón en certeza condenando a la incertidumbre a la marginalidad y en paranoicas ocasiones al silencio.

Sin embargo, la incertidumbre es parte de la identidad de la razón. Es la dimensión insubordinada e insurrecta de la razón. En ella radican ciertos tipos de curiosidades, interrogantes, misterios y críticas relacionadas con la velocidad y la diversidad. La incertidumbre, es también el prólogo de lo insólito y de lo inédito, por ello precede a la creación, sea científica, estética, política o educativa.

Sin la incertidumbre la razón dejaría de tener razón, pues sin ella se petrificarían sus certezas, convirtiéndose en piezas de un museo que algún día se creará, en donde radiquen las hipercertezas, sus historias, autores, adeptos, logros y secuelas. Pero el museo de las certezas nunca sería el museo de la razón, pues ésta continua su misión, la de descubrir e inventar incertidumbres y certezas.

Generalmente las instituciones educativas continúan su culto a la certeza, quizás sin darse cuenta que una porción de la razón contemporánea reconoce, cada vez más, a la incertidumbre y por ende, le reconoce cualidades que integran su propia identidad. Por ello la Universidad contemporánea requiere pensarse desde dos fuentes creadoras de incertidumbre, me refiero a la velocidad y a la multiculturalidad.

Si alguna institución educativa a cultivado a la incertidumbre es la Universidad: la duda, la interrogante, la crítica, la complejidad y el caos son algunos signos universales que le dan sentido. La Universidad no necesita de las certezas, requiere rescatar esa parte de su tradición que le identifica con

las humanidades y que sin menoscabo de sus realizaciones científicas y en beneficio de las mismas se permita reivindicar la parte más subversiva de la razón a la incertidumbre.

Multiculturalidad y velocidad son dos fuentes generadoras de incertidumbre. Por una parte, la reacción multicultural deslegitima la existencia de certeza únicas, hegemónicas, transhistóricas y, por la otra, la velocidad deslegitima la duración y vigencia de tales certezas. Ambos signos invitan a interrogar al presente y al porvenir de la educación, por ejemplo: ¿será pertinente educar con certezas y al mismo tiempo reconocer que todo cambia velozmente?, ¿será la incertidumbre un signo efímero en la educación como quizás lo sea en la economía, en la política y en las relaciones éticas y afectivas?, o ¿será un signo estelar en la educación del porvenir, llamado a compartir créditos con la certidumbre en una tensa antinomia a la deriva?

La Universidad contemporánea está obsesionadas por algunos hiper, el primer paso para despojarse de ellos consiste en descubrirlos, el segundo es analizar su estructura y funcionamiento paradójico; el tercero es reconstruir dilemas que, a la vez que sean preventivos, los combatan. El hiper en un signo a la deriva, representa la pérdida del sentido y del sentido sobre el sentido. Despojarse de él puede implicar reconstruir horizontes más que perdidos, desconocidos. Quizás, la Universidad requiere diseñar sus propias velocidades, incorporar la incertidumbre y hacerla compartir créditos con la certidumbre en un horizonte de integración multicultural, quizás la Universidad esté ante la posibilidad de construir caminos propios que posean sentido universal.

 

La interculturalidad en la universidad en el tiempo de hiperintegración

Es sabido que la mayoría de las sociedades contemporáneas son multiculturales. La identidad es, cada vez más, la manifestación singular de diversas culturas, por ello la integración se convierte en un signo hiper, prestigiado, anhelado y ampliamente utilizado.

La cultura pedagógica moderna ha sustentado parte de su filosofía política en la integración, la ha considerado como uno de sus valores más preciados, ha reiterado lo valioso de formar personas integradas a la sociedad, a las instituciones, a los modelos y a las creencias legitimadas como auténticas.

A la integración la han vinculado con la unidad (Herbart), con el éxito (Locke), con el progreso (Dewey) etcétera. La integración ha sido un signo estelar para el pensamiento educativo moderno. Sin embargo, atualmente la integración se ha intensificado, es un signo acelerado, apologizado, pertinente para todo o para casi todo, el lema parece ser: los diferentes deben integrarse para que no se les trate como diferentes. Es así, como aparecen los síntomas hiperintegracionistas, en ésta no se trata de integrar a la diferencia a modelos de identidad regional o nacional, sino que se trata de integraciones transnacionales, globalizaciones con lógicas más radicales en las que la integración disminuye, matiza, oculta y/o elimina la diferencia.

En México, a partir de la segunda década de este siglo, la filosofía de la integración se unió al centro político del país. Después de más de 70 años de avances integradores en la educación nos es difícil pensar en educaciones interculturales pertinentes a sociedades multiculturales; por ello, cuando pensamos en la diferencia generalmente lo hacemos desde visiones incorporacionista y dicriminatorias; por ello también, hablamos de minorías, cuando nos referimos a grupos distintos de un referente tan vago e impreciso como es el de mayoría.

Minoría es una palabra discriminatoria, que generalmente se usa para estigmatizar a quienes no se ajustan al mito de las identidades superiores, es por ello que los ancianos, los discapacitados, los niños, los indígenas, los que poseen sentimientos e ideas políticas, estéticas, religiosas, emocionales, sexuales y morales no mayoritarias, son identificados como minorías, y así legitiman también su propia discriminación. Sin embargo, todos, desde algún referente somos minorías, por ejemplo: podemos ser mayoría por nacionalidad y minoría por cultura, religión, preferencias sexuales o políticas; este ejemplo posee la cualidad de diversificarse.

La discriminación es un desafío para la Universidad intercultural, por ello uno de sus objetivos radica en descubrirla, analizarla, interpretarla y combatirla.

En la Universidad, la discriminación irradia los lugares en que se piensa que no existe, señales de su presencia están en los contenidos, en los métodos, en el lenguaje, en la normatividad, en la organización y en general en las relaciones. Sin embargo, poco se le descubre y menos se le analiza, las más de las veces se le oculta o se le niega. Paradójicamente, ante más se le niegue, oculte o desconozca su presencia e intervención en los procesos educativos es mayor.

La Universidad para representarse intercultural requiere indagar y enfrentar a la discriminación como efecto de la hiperintegración, ya que ésta ni tolera ni respeta la diferencia, pues no reconoce en la diversidad la base de las identidades contemporáneas. El sustento de la educación intercultural radica en un trato diferente a los diferentes, en ello radica el respeto a la identidad del otro; en cambio en la visión hiperintegradora se simula un trato igual a los distintos, lo cual implica discriminación no siempre bien disimulada. La igualdad es un signo de monumental prestigio que requiere una revisión ética, desde una ética de la diferencia.

El pensamiento pedagógico a través de sus aforismos estelares ha reiterado, durante por lo menos tres siglos algunos de sus fines, a saber: educar de manera integral, educar para la dignidad, la libertad, la justicia e igualdad. Sin embargo, simultáneamente con tales declaraciones se manifiestan los componentes de la lógica de la discriminación, a saber: la tendencia a modelizar, la selección unidimensional de certezas, las que generalmente se legitiman con los calificativos de ciencia, verdad y utilidad ocultando o deslegitimando la existencia de otras versiones, de otras maneras de valorar, de sentir y de pensar.

Ante los efectos discriminatorios de la hiperintegración, la educación intercultural y, por ende, la formación intercultural tienen uno de sus mayores desafíos. Desde este horizonte algunos de sus propósitos son:


•  Es una formación para la diferencia —es decir, para todos— no para minorías, por que en todos-nosotros existe discriminación.

• Indaga, cuestiona y combate los efectos discriminatorios de las hiperintegraciones sea en los contenidos, métodos, creencias valoraciones, actitudes y relaciones educativas.

• Se propone la construcción de una ética de la diferencia, no de la hiperintegración; lo que implica diseñar una política orientada hacia

la integración multicultural.

• Por tanto, es recomendable que la educación intercultural se exprese en los diversos componentes del ambiente escolar y del proceso educativo.

• Para ello, es imprescindible que la filosofía de la educación intercultural, así como sus expresiones sean elaboradas con y para los propios sujetos multiculturales. Si el ambiente y la convivencia escolar se construyen multiculturales, será posible formar estudiantes, orientadores y profesores respetuosos y tolerantes de los diferentes, es decir, de los demás; es decir, de-todos-nosotros.


La formación intercultural de los estudiantes, profesores e investigadores hace propios los rasgos, valores y dilemas de la educación intercultural, por ello, se propone descubrir, analizar e interpretar los efectos discriminadores de la hiperintegración, reivindicando a la integración multicultural como un dilema que desafía la educación contemporánea. La investigación educativa intercultural reconoce su propia naturaleza intercultural, reconoce que la mayoría de los modelos de investigación acumulados se sustentan en horizontes integradores, en ocasiones se silencia a la diferencia, en otras se le margina y en otras más se le estudia para integrarla a la normalidad. Los investigadores interculturales sospechan de la pertinencia de los métodos y de los conceptos disciplinarios modernos, realizan un ejercicio hermenéutico para descubrir los compromisos integracionistas de los modelos de investigación avalados por las epístemologias disciplinarias. Las mismas epistemologías requieren interculturalizarse.

Para Gadamer la interrogante hermenéutica genera aperturas sensibles a la diferencia, hoy no se trata de concluir, sino al estilo Bordieu de "desmitologizar a los desmitologizadores", de indagar nuevamente las clásicas preguntas, a la ves deconstruyéndolas y recontruyéndolas; se trata de interpretarnos valorando nuestro lenguaje, sentimientos, emociones, valoraciones y deseos. La investigación intercultural requiere reconocerse multicultural, incorporar la pertinencia estética, ética y emocional. La Universidad contemporánea vive tendencias integracionistas de diverso tipo, la globalización le exige criterios de calidad y excelencia internacionales que requiere revisar haciendo uso de su escepticismo, de sus interrogantes y de su pensamiento complejo; requiere valorar las tendencias internacionales considerando los aspectos multiculturales de sus estudiantes, profesores e investigadores; la Universidad requiere distinguir lo universal de lo mundial, de lo internacional y de lo global para diseñar sus programas de formación e investigaciones considerando los procesos mundiales, estando en comunicación y diálogo internacional sin dejar de ser local. Así la universidad intercultural olerá a su tierra en el escenario internacional.

 

La legitimidad

Iniciaré recordando algunas ideas de Timón de Atenas:

Oro ¡oro precioso, rojo, fascinante! Muchos tornan con esto lo negro blanco, al feo, hermoso; lo falso, verdadero; lo bajo, noble; virtuoso al malvado; al anciano, macebo; valeroso al cobarde y noble al ruin. El oro ... desplaza al sacerdote del altar y retira la almohada a quien yace enfermo.

Este esclavo dorado ata y desata vínculos consagrados; bendice al maldito: hace amable a la lepra, honra al ladrón. Y le da rango, poder y preeminencia. En el consejo de los senadores, conquista pretendientes.

A la vieja anciana y concorvada, es como un bálsamo que rejuvenece, y pinta con colores de la primavera a los pacientes de pútridas lacerías arrojados con asco de los hospitales. Vamos fango condenado, puta común de todo el género humano ... ¡Oh maldito metal, vil ramera de los hombres que enloquece a los pueblos!

En las ideas anteriores podemos identificar al tema de la legitimidad ilustrado magistralmente por Shakespeare en Timón de Atenas, en esta obra mostró los efectos legitimadores del oro en el hombre moderno, localizó al poder en el oro, ilustró el juego de seducciones que provoca y el ficticio consenso que le caracteriza. El oro, según Shakespeare ejerce un poder que vincula dos efectos: lo que oculta y lo que crea, "con él se torna el feo hermoso; virtuoso el malvado; el anciano mancebo; valeroso el cobarde y noble el ruin".

Shakespeare nos señala también que el dinero "desplaza al sacerdote de altar" efectivamente en la modernidad el perdón al pecado pasa a convertirse en una rutina de fe, en una liturgia en la que el oro y la fe legitiman al simulacro; quizás no sea tanto un desplazamiento sino una reconciliación.

Shakeaspeare comunica con intensidad el efecto seductor del oro. ¿Oro?, ¿oro precioso, rojo fascinante?, la legitimidad se vincula con la seducción, no es una expresión fría del poder, no se percibe con desagrado, sino como deseo, se desea poseerlo "le da rango, poder y preeminencia. En el consejo de los senadores conquista pretendientes", es un poder que domina —conquistar implica dominar— mediante la fascinación; aquí Shakespeare se refiere a un consenso irradiado por el oro y por sus efectos simuladores, es un consentimiento encandilado por el rojo fascinante. Pero con la misma intensidad que seduce se le odia: "¡ Oh maldito metal, vil ramera de los hombres, que enloquece a los pueblos!", Shakespeare, identifica al fascinante metal con la locura y la conquista.

El poema de Shakespeare expresa abundantes y sugerentes señales sobre el tema del poder interpretado como legitimidad, entre ellas: seducción, ocultamiento, simulación, deseo y maldición; el poder se expresa alegorizado y cuestionado, creador y descreador de identidades, constructor y destructor, etcétera. Estas señales han sido reflexionadas por distinguidos autores, corrientes y disciplinas, pero ninguno puede compendiar lo que este fragmento de Timón de Atenas nos ha mostrado, explicarlo ha sido tarea de muchos otros.

¿Tendrá el oro actualmente los mismos efectos que Shakespeare le atribuía?, ¿seguirá seduciendo, encandilando, creando simuladas identidades y consensos logrados por su fascinación? Quizás más pertinente a este trabajo sea preguntarnos ¿si el poder, vía la legitimidad, sigue caracterizándose como Shakespeare le vio?

Ahora bien, preguntémonos ¿la Universidad se legitima por el oro y por algunas de sus expresiones?, en cierto sentido sí, en la perspectiva de la simulación con frecuencia se le valora por su utilidad económica, por su vínculo con la producción en términos mercantiles, es frecuente también que se le valore por su apariencia: infraestructura, tecnología, etcétera.

Hoy algunos signos de la modernidad dan la impresión que padecen una crisis de legitimidad, quizás el oro sea de los que más resistentes, pero otros, como el signo progreso, entendido como cambios positivos y evolutivos donde el presente es mejor que el pasado y el porvenir será mejor que el presente ha perdido credibilidad. La legitimidad se sustenta en credibilidad y en el núcleo de ésta radica la fe. Otros signos que muestran señales de crisis de legitimidad son las utopías, la verdad, la ciencia y el "bien común". Hoy en los ambientes intelectuales merodea el escepticismo, ello es reconocido por Habermas cuando señala "también el escepticismo tiene sus razones"7.

Asimismo, quizás además, que en los todopoderosos signos prestigiados y casi venerados en la modernidad, sea en los signos subalternos, los que también realizan funciones legitimadoras, en donde se localicen señales de crisis. Cuando me refiero a los conceptos subalternos que realizan la función legitimadora, pienso en las crisis de la redención, la claridad, la utilidad, la verdad, el consenso, entre otros.

Émile Durkheim en un texto ya clásico titulado El papel de las universidades en la educación superior, termina su ensayo cuestionando en nombre del pueblo su utilidad social: "Pues el pueblo, sintiéndose en continua relación con ellas, no soñará siquiera con preguntarse para qué sirve y si en rigor no constituyen una especie de lujo del cual bien podría prescindirse"8. A qué se refiere Durkheim con esta radical crisis de identidad que pone en cuestionamiento la misma existencia de la Universidad, se refiere a su papel educador, a su autoridad moral: "De la misma forma que las universidades de Alemania han contribuido a la formación de la unidad Alemana, las universidades de Francia deben trabajar por la formación de la conciencia moral francesa, Con esto serán verdaderas universidades, pues abarcarán no solamente la universidad de las artes y de las ciencias, sino también las manifestaciones importantes de la mentalidad colectiva".

Llama la atención la frase verdadera universidad, ello implica que una institución puede llamarse Universidad sin serlo, para ser "verdadera Universidad" se requiere que cumpla una visión holística, que sea de investigación, de creación y eduque, es decir, que cumpla en el campo moral, de lo ético es pertinente precisar. De no ser así, no es de extrañar que la Universidad aun cuando no desaparezca sí pierda legitimidad y nos preguntemos sobre su valor para la sociedad o para algún sector de ella.

Qué legitima hoy a la Universidad, pensando en sociedades tan diversas en lo político, económico y cultural. No es fácil encontrar los signos del bien común cuando el mismo bien común no es tan bien ni tan común. Sin embargo, la Universidad es la institución educativa que puede lograr la mayor legitimidad posible, quizás sean los valores universales, los que alumbren de lo más alto a los diversos sectores, grupos, gremios, formadores, investigadores, etcétera. Signos que por su indefinición están en condiciones de ejercer el sentido con tolerancia o al menos con mayor tolerancia.

Sin embargo, aun cuando, los universales muestren amplia tolerancia siempre hay límites, y la Universidad para serlo, requiere de cierta identidad que se expresa en la amalgama de signos universales, son los casos de la duda, la interrogante, la crítica, la creatividad, la invención, el compromiso, el entendimiento y la complejidad; sin estos signos irradiando a la institución es difícil creer que pueda existir la Universidad, aun cuando así se llame.

 

Notas

1  Kant, Inmanuel. El conflicto entre la Facultad de Filosofía y Pedagogía. Oaxaca, Universidad Benito Juárez de Oaxaca, 1998.

2  Calvo, Hernando Manuel. La ciencia en el Tercer Milenio, Madrid, McGraw-Hill/Interamericana, 1995.

3  Kundera, Milan. La lentitud. México, Tusquets, 1995.

4  Lipovetsky, Gilles. El imperio de lo efímero. Madrid, Anagrama, 1990.

5  Liporetsky. op cit.

6  Calvo, op cit.

7 Habermans, Jurgen. Pensamiento posmetafísico. Madrid, Taurus, 1990, p. 27.

8  Durkheim, Émile. Educación y Pedagogía. Buenos Aires, Losada, 1998, pp. 205-206.

 


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Revista de la Educación Superior en Línea. Num. 112
Título: El sentido de la universidad contemporánea
Autor: César Carrizales Retamoza, Instituto de Ciencias de la Educación. Universidad Autónoma del Estado de Morelos.


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