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El poder simbólico y los restos de la autonomía
*Rollin Kent Serna

En su reportaje del 7 de octubre reciente en Campus Milenio, “El aseguramiento de la calidad y la responsabilidad social, ejes de la BUAP”, Salvador Medina Armienta hace una reseña puntual del segundo informe de labores del rector de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, presentado el lunes 4 de octubre en el enorme y modernísimo Complejo Cultural Universitario de la BUAP. Resalta los aspectos fundamentales del discurso del rector:

• La atención y mejora de servicios a los estudiantes
• La modernización de la infraestructura y el desarrollo sustentable,
• Una vinculación responsable
• La internacionalización,
• El crecimiento y consolidación de los cuerpos académicos y de la investigación,
• La innovación y el desarrollo científico aplicado

Señala también el tiempo dedicado en el discurso a la transparencia y la rendición de cuentas, recordando las veces que la BUAP ha sido auditada, ya sea por “la Auditoría Superior de la Federación (ASF), los reportes presentados al Órgano de Fiscalización Superior del Estado y la auditoría anual externa que establece la ley institucional.” Asimismo, indica el reportaje de Salvador Medina, que la BUAP mantiene convenios de colaboración con la Comisión para el Acceso a la Información Pública del estado de Puebla (CAIP) y con el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública y Protección de Datos (IFAI). Sin por un instante dejar de congratularnos por estas importantes acciones, uno no puede sino preguntarse si la insistencia del rector en ello guarda alguna relación con recientes reportajes sobre el supuesto enriquecimiento inadecuado que se le atribuyen (a él, no a la universidad: informar sobre las finanzas personales de un rector no es atacar a la universidad, como él ha proclamado recientemente).

En materia de calidad académica, el rector resaltó que todos los programas de licenciatura de la BUAP están acreditados por el Consejo para la Acreditación de la Educación Superior (Copaes) y/o los Comités Interinstitucionales de Evaluación de la Educación Superior (CIEES ). Informó que se crearon varias carreras nuevas y que han mejorado los indicadores de calidad del profesorado, como lo muestra el número de académicos reconocidos por el Programa de Mejoramiento del Profesorado (Promep) y el  Sistema Nacional de Investigadores (SNI ). Los que dudamos de la validez y la pertinencia de las acreditaciones de organismos como Copaes y CIEES  —que sólo certifican los mínimos estándares de decoro académico que debe cumplir un programa y no sus supuestos niveles de excelencia, como a menudo se proclama— no podemos reclamar que un rector señale como triunfo haber alcanzado los indicadores establecidos por la Subsecretaría de Educación Superior de la SEP  y acordados por la ANUIES . Es del todo natural que los directivos universitarios se valgan de estos indicadores, pues parte del financiamiento federal está ligado a su cumplimiento. De lo que algunos nos permitimos dudar es del fundamento educativo de algunos de dichos indicadores y de la poca transparencia del funcionamiento de los organismos de acreditación —pero esto es harina de otro costal—.

La BUAP es, sin lugar a dudas, una universidad que ha pasado por cambios muy importantes y positivos. Todo ello fue reportado por el rector y registrado por el reportaje en Campus Milenio. La prensa poblana, por su parte, ha publicado resultados de encuesta que señalan a la BUAP como una institución muy buena y consideran que la gestión del rector Enrique Agüera fluctúa entre “muy buena” y “buena”.

Un pasado por descubrir


El informe rectoral insistió, por cierto, en que la BUAP “no volverá al pasado”. No quedó claro, sin embargo, a cuál pasado se refería: si al pasado de la universidad estatal controlada por la derecha, si al pasado comunista o al pasado reciente en el que el sistema político poblano recuperó para sí a la universidad. El discurso en clave política permite diversas interpretaciones.

Otro aspecto poco señalado por la prensa es el contexto y la forma que preñaron de significado a este acto universitario. Los que aún recordamos que el rector rinde su informe ante el Consejo Universitario, máximo órgano de gobierno, no pudimos dejar de observar que entre los invitados de primera fila figuraran numerosos integrantes de la clase política poblana, incluyendo un ex gobernador y el candidato del PRI recientemente derrotado en las elecciones de julio, así como el arzobispo de Puebla, diputados locales y —algo curioso— numerosos rectores de universidades colombianas, traidos ex profeso. Llamó la atención la ausencia de rectores de la región poblana y del gobernador entrante, pero fue particularmente interesante que Mario Marín Torres presidiera el acto, junto con el secretario general de la universidad, y que Marín pronunciara unas palabras finales, creando la impresión de que el informe se dirigía a él —seguramente ello obedece a virtudes académicas que astutamente el gobernador nos ha ocultado a todos—. A todas estas personalidades agradeció el rector su presencia y su apoyo a la BUAP.

Aunque los consejeros universitarios figuraron entre el público, parecieron “convidados de piedra”, como agudamente señaló Julio Glockner en una columna de la Jornada de Oriente (“El informe del rector y el convidado de piedra”, 06/10/2010). Dice el maestro Glockner: “el informe del rector ya no es una sesión de análisis y discusión ante el Consejo Universitario, pues se ha convertido desde hace dos décadas en un ritual de poder, diseñado en el mejor estilo del PRI, para posicionar políticamente al jefe de gobierno universitario”. Hay que decir, por cierto, que en el cierre del acto el secretario general agradeció la presencia del gobernador pero no se olvidó del Honorable Consejo Universitario.

Los asistentes al acto (no la prensa, por cierto) comentaron —muchos con admiración, otros con asombro— su carácter de faraonismo mediático: las grandes pantallas que reprodujeron videos conmovedores de padres de familia agradecidos con la BUAP; de profesores impartiendo clase; de la inauguración de nuevos planteles e instalaciones; del migrante en potencia que decide quedarse para estudiar en una prepa regional con la promesa de “ser doctor”, y la escena (que sólo Monsiváis sabría caracterizar) de la estudiante que, a punto de salir de vacaciones con sus amigas en un moderno auto mientras es reclamada por la madre para que no se vaya porque “debe inscribirse” —la chica le contesta que ya lo hizo por internet y que su tutor le dijo antes cuáles materias elegir—. Eficiencia, modernidad y sentimentalismo.

¿Cuál sería la lógica política de este tipo de actos? De ser solamente una ostentación de poder personal o de grupo sería, además de lastimero, algo fugaz. Antes bien, el significado político —uno no sabe si un tanto suicida, pero quizá también audaz— podría consistir en agradecer a una clase política derrotada y desgraciada su alianza con la dirigencia universitaria, una afirmación de fe priísta, una intervención en política interna del PRI poblano en favor del grupo perdedor contra los priístas que ahora buscan desplazarlo, y un anuncio al gobierno entrante de que “aquí seguimos, ya no en el gobierno pero sí en otro bastión de poder fundamental, la universidad pública del estado”.

No lo podemos saber a ciencia cierta. De lo que no puede haber duda es de que estamos en presencia de la dimensión simbólica del poder: la capacidad de los sistemas de significado, imagen y comunicación para escudar, fortalecer y normalizar relaciones de dominación por medio de narrativas —mediáticas, simbólicas— que distorsionan las estructuras y disfrazan la evolución del poder en la sociedad. El orden oculto de estos eventos político-mediáticos no reside solamente en lo que no dicen, sino en que apelan al sentido común, a lo que se presenta como objetivo y apolítico: los grandes logros de la BUAP, medidos con los indicadores de la SEP , son incontrovertibles. En este sentido, los procesos simbólicos pueden ser poderosas formas de persuasión precisamente porque, en su presentación objetiva, niegan toda pretensión política. La autonomía, entonces, es dulcemente barrida del escenario, sin que nadie se ocupe de ello. Lo mismo pasa con las funciones sustantivas de los cuerpos colegiados de la institución académica que pasan a ser más bien decorativas, como nos lo recuerda Julio Glockner. Un coctel embriagante de dinero, indicadores de desempeño y juego de imágenes…

Afirmó recientemente Lorenzo Córdova Vianello, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, que vivimos en México un “proceso de deconstrucción que ha venido erosionando a muchas instituciones públicas, y que pasa por considerar a sus cargos directivos como cuotas de poder que los partidos (y hoy hasta algunos poderes fácticos) reivindican como propios” (El Universal, 06/10/2010). El maestro Córdova se refería a instituciones como el Instituto Federal Electoral, pero perfectamente podría estar hablando de algunas universidades públicas.

*Profesor, Facultad de Administración, BUAP

Fuente: Campus Milenio 14/10/2010

 

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