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Mantengo mi autonomía y mi conciencia crítica
*Gilberto Guevara Niebla

Gilberto Guevara recibió el doctorado honris causa de la Universidad Veracruzana. En su discurso de aceptación, sostiene que con esta distinción "se está premiando a una generación que luchó y sigue luchando por la reforma de nuestras instituciones desde una perspectiva de democracia y justicia" 

No encuentro palabras para expresar, con su verdadera fuerza, el sentimiento de gratitud que me embarga al recibir esta, inmerecida, distinción.

Gracias a la Universidad Veracruzana; gracias a su rector, doctor Raúl Arias Lovillo.

Gracias a los señores consejeros universitarios.

Gracias —muchas gracias— a todos los que participaron en la decisión de distinguirme con este doctorado honorífico.

Me llena de orgullo este reconocimiento, porque lo otorga una de las universidades más destacadas de México, una universidad que ha sabido combinar, con acierto, la innovación tecnológica con la justicia social. Un ejemplo de universidad moderna para México.

Por otra parte, quiero también agradecer a mi viejo amigo, Víctor Arredondo, quien me invitó por primera vez a visitar la UV y quien, en inveterada actitud —ahora desde la Secretaría de Educación—, continúa invitándome, lo cual me hace muy feliz.

Gracias también a mi entrañable amigo Jorge Medina Viedas, quien ha sido mi puente de comunicación eficaz con la Universidad Veracruzana.

El profesor


Quiero presentarme ante quienes no me conocen: soy el profesor Gilberto Guevara Niebla. Biólogo de profesión; pedagogo por vocación. Tercera edad por fuerza (pero, como siempre se dice, “joven de espíritu”).

Creo que quienes decidieron distinguirme con este nombramiento honorífico lo hicieron pensando principalmente en dos hechos relacionados con mi vida: Primero, a) mi participación en el movimiento estudiantil de 1968 y, segundo, b) mi trabajo como estudioso y crítico de la educación.

En 1968 los estudiantes universitarios luchamos por transformar el país. Defendimos las libertades políticas fundamentales, combatimos un régimen político autoritario y pedimos la reforma democrática de México. No sólo el Estado, la sociedad era autoritaria. Vestirse de forma extravagante (por ejemplo, que las mujeres usaran pantalones o minifalda) o descuidar el aspecto personal (como usar pelo largo) eran elementos que en la cultura autoritaria de aquellos días no se aceptaban. Hoy estas reglas suenan ridículas, pero en aquella época la policía capitalina hacía redadas durante las noches en las colonias populares para perseguir a los jóvenes, a los que llamaban “rebeldes sin causa” o “pandilleros”. Cualquier joven de aspecto “raro” era encarcelado sin acusación ni proceso judicial alguno. Como ustedes saben, “rebelde sin causa” fue el nombre de una película de James Dean. Existía, en efecto, una rebeldía entre nosotros; era una rebeldía a veces callada y otras veces ruidosa, era una resistencia contra el orden autoritario. Esa rebeldía generacional pudo haber sido enfrentada con métodos pedagógicos antes que represivos. Existía realmente un desencuentro real entre padres e hijos, entre adultos y jóvenes. Era un choque inevitable entre la cultura rural en la que se habían sido formados nuestros padres y la cultura urbana en la que habíamos crecido nosotros. Quien haya leído Los hijos de Sánchez ha podido ver una fiel representación de esa colisión cultural. Hay también películas y música de rock and roll que ilustran el fenómeno. Los Beatles tenían ya diez años de alimentar la irreverencia entre los jóvenes. Pero era en su mayor parte una rebeldía cultural, pasiva, no activa, que se expresaba en el baile, en silencio, con gestos, y con extravagancias inofensivas. Dejarse crecer el pelo era un gesto simbólico suficiente para protestar contra un mundo autoritario que se experimentaba como insoportable. Pero 1968 fue punto de convergencia de muchas otras cosas. La televisión se había inaugurado en México en 1950 (18 años antes), acabando en buena parte con nuestro aldeanismo. Por la TV supimos de los estudiantes Zengankuren de Japón, del movimiento de los derechos civiles en EU, de los Black Panthers de la bahía de San Francisco, de la lucha de resistencia que llevaba a cabo la Federación Universitaria Democrática Española (FUDE) contra el dictador Francisco Franco, de los asesinatos de Kennedy y de Martin Luther King, de la Revolución Cubana y de la guerrilla que el Che Guevara desarrollaba en Bolivia, del conflicto entre los chinos y los soviéticos, de la Guerra de Vietnam, etcétera.

Pero en 1968 convergieron además el invento de la píldora anticonceptiva, el nacimiento del feminismo, el uso de la mariguana y el LSD, el surgimiento del cuidado del medio ambiente (ecologismo), etcétera. 1968 fue la primera protesta globalizada de la historia. El eco que tuvo aquí el Mayo Francés es imponderable. Pero la ola principal sobre la cual se montó el movimiento estudiantil de 1968 fueron las protestas políticas nacionales. En 1958, 6 mil ferrocarrileros fueron a la cárcel y sus líderes permanecieron en prisión por más de 13 años.  Hubo en ese tiempo protestas de mineros, de electricistas, de telegrafistas, de petroleros, de maestros, de burócratas, etcétera. Pero en los años sesenta lo sobresaliente fueron las protestas estudiantiles que tuvieron un cariz político cada vez más claro. Hubo rebeliones estudiantiles en Guerrero, en Puebla, en Chihuahua, en Durango, en Sonora, en Tabasco y en Michoacán. En todos los casos, las protestas fueron aplastadas por la fuerza del Ejército.

La experiencia detonante


El episodio de 1968 es conocido de ustedes. Una gresca estudiantil en la capital fue reprimida por la policía con exceso de fuerza y eso motivó una protesta masiva y organizada de los estudiantes del DF y de otros estados. La protesta creció hasta alcanzar proporciones desconocidas. En un momento dado, en el apogeo del movimiento, el Estado actuó, primero, para desprestigiar a los estudiantes ante la sociedad y, luego, descargó (en Tlatelolco) un golpe represivo brutal, macizo, destructor contra los estudiantes. Hubo muchos muertos y varios centenares de jóvenes fuimos encarcelados entre dos y tres años. A un grupo selecto de líderes se nos expulsó del país (a Chile) en abril de 1971. Nuestro exilio se interrumpió cuando, semanas después, el gobierno federal informó a la sociedad que los expulsados no éramos tales, que nos habíamos ido voluntariamente y disfrutábamos de becas gubernamentales. Entonces decidimos regresar a México.

Mi papel en 1968 fue de representante estudiantil, pero fui yo tal vez el líder de 1968 que más ruido hizo a posteriori sobre la experiencia que le había tocado vivir. Escribí en periódicos y revistas y publiqué libros, el más importante de los cuales —publicado por Cal y Arena— es La libertad nunca se olvida, suerte de memoria de mi experiencia personal durante los acontecimientos de 1968.

1968 pasó. Pero el tiempo no cambió nuestra voluntad de cambio. Fracasamos en 1968 por la vía política-callejera; sin embargo —a medida que madurábamos—, buscamos lograr ese cambio por medio de la educación. Nos hicimos maestros e impulsamos desde las aulas innovaciones didácticas para poner a los estudiantes en contacto con la realidad social de México y suscitar en ellos el pensamiento crítico. La educación era (a nuestros ojos) una palanca del cambio social. Concebimos un plan para reformar el conjunto de la educación superior y reorientarla a favor de los intereses populares, promovimos la creación de sindicatos universitarios (sólo hoy nos damos cuenta que ésa fue una causa con desenlace un tanto oscuro), luchamos por reconceptualizar las profesiones y renovar los planes de estudios universitarios.

Quizá la innovación más radical fue la de la Universidad de Nayarit, que terminó aplastada entre provocaciones y encarcelamientos. Nuestra acción transformadora se reflejó en experiencias pedagógicas de diverso tipo: el autogobierno (Arquitectura) que promovió tempranamente el urbanismo moderno; el plan de Medicina Comunitaria de la UAM-X, el Plan A-36 de la Facultad de Medicina; el modelo modular-productivo de Veterinaria, el sistema modular de la ENEP Zaragoza, el nuevo proyecto de la Universidad de Nayarit ( al cual ya nos referimos), los Bufetes Populares de Abogados (que luego absorbió el programa de Solidaridad); en Antropología, la etnología social se hizo la vertiente dominante; etcétera.

Habría que mencionar como subproductos de 1968 la creación del CCH, de las ENEP, de la UAM y otras universidades “modernas” como Aguascalientes, Baja California Sur, etcétera. En historia se revisó la Revolución Mexicana en la obra de Arnaldo Córdova, Héctor Aguilar Camín, Roger Bartra y otros. En psicología, dominó la psicología social y se rechazó al conductismo (sectarismo que muchos no compartíamos). En literatura surgieron obras y nuevas modalidades de escribir. En economía y ciencia política, más para mal que para bien, y por influencia de los grupos estudiantiles más radicales, se adoptaron planes de estudio dominados por la ideología marxista: fueron los años en que en la Escuela Nacional de Economía se estudiaba Capital I, Capital II, Capital III, etcétera (pasó mucho tiempo para que se volviera en esas carreras a enfoques más realistas).

1968 tuvo efectos contradictorios en la educación básica: se desarrolló una vertiente democrática en el SNTE y se difundieron entre los maestros de primaria y secundaria actitudes más creativas y abiertas respecto de su materia de trabajo. El aula se relajó y los viejos sistemas autoritarios cayeron en desuso. El gobierno, sensible ante lo que pasaba, intentó en 1973 realizar una reforma educativa de carácter modernizador (se buscó introducir la enseñanza por objetivos), cosa que esencialmente fracasó, pero se logró llevar a cabo un cambio curricular relevante (se introdujeron las áreas en vez de las asignaturas).

En 1992 llegó a la SEP  un ex activista del movimiento estudiantil del IPN, Ernesto Zedillo, quien propuso un plan para reorganizar de fondo el sistema de educación básica. Me invitó a participar con él y yo acepté. El plan consistía en a) descentralizar el sistema, b) abrir las escuelas a la  participación de la sociedad, c) modificar los mecanismos de actualización de docentes y d) actualizar los planes de estudio (volviendo al esquema de las asignaturas).

Intentamos ese año cambiar los libros de historia de México de cuarto, quinto y sexto de primaria con el criterio de combatir el nacionalismo ideológico sustentado en mitos de la historia y ofrecer, en cambio, una visión más “objetiva” de nuestro pasado. Como respuesta, el SNTE —cuya posición ante las reformas se había vuelto muy vulnerable (corría el riesgo de desmembrarse)— orquestó una campaña de medios contra la reforma y, a la postre, los libros de historia fueron retirados de circulación (medida que se tomó contra mi voluntad). Ése fue un gran fracaso que me afectó personalmente. Semanas después, tuve un infarto y me retiré de la SEP .

Mi programa personal en educación básica siempre fue uno, preciso: descentralizar las facultades de decisión educativas a fin de darle mayor poder al maestro y a la escuela; vincular la escuela con la comunidad; organizar el sistema en unidades municipales o estatales; hacer de la SEP  un organismo técnico-colegiado encargado de producir un currículum nacional común y de supervisar la operación del sistema. Y punto. Agreguemos quizá que en este esquema el sindicato se limita rigurosamente a tratar asuntos meramente laborales y no intervenir en temas pedagógicos, pues eso significa violar la Constitución y la esencia, autónoma, de la educación. 

La permanencia del 68


Como ustedes pueden constatar, sigo siendo un sesentayochero sin la ingenuidad de entonces. Mantengo mi autonomía y mi conciencia crítica. Creo, por otro lado, que la distinción que hoy se me entrega es, en realidad, un hecho simbólico. Con ella, en realidad, se está premiando a una generación que luchó y sigue luchando por la reforma de nuestras instituciones desde una perspectiva de democracia y justicia.

* Director de la revista Educación 2001.

 

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