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El Conacyt y la ciencia mexicana hoy: logros y retos
*Juan Carlos Romero y José Antonio de la Peña

El conocimiento generado y acumulado por la investigación científica ha permitido entrever el funcionamiento del universo, la naturaleza, la vida misma y algunas de las grandes problemáticas sociales. El avance del conocimiento es responsable de la revolución tecnológica actual, con sus profundas consecuencias para la articulación académica, política y económica de los países del mundo, así como para la vida cotidiana del hombre común. Cada vez en mayor escala, el bienestar de las sociedades está determinado por el avance del conocimiento que dominan y generan y por las innovaciones tecnológicas que consiguen implantar. Este factor de bienestar y progreso tendrá, sin duda, una importancia creciente en el futuro próximo.

La ciencia en México es una actividad de aparición reciente que todavía se encuentra en desarrollo y requiere de inversión financiera y tiempo para consolidarse. En efecto, la etapa moderna de la ciencia mexicana se inicia con la fundación de los Institutos Nacionales de Salud Pública en los años treinta del siglo pasado. La ciencia se comienza a cultivar y enseñar en las universidades públicas a partir de la fundación de la Facultad de Ciencias de la UNAM, que está cumpliendo ahora 70 años.

Poco a poco los institutos y escuelas de ciencia se van creando en instituciones del país y organizaciones como la Academia de la Investigación Científica surgen, al decir de algunos de sus miembros fundadores, por la necesidad de identificar y reconocer a los científicos mexicanos activos, buscando estimular la calidad de su trabajo, creando un ámbito de comunicación e intercambio de ideas.

Hace 50 años, la Academia de la Investigación Científica, hoy Academia Mexicana de Ciencias (AMC), comienza discretamente sus trabajos con sólo una docena de miembros para convertirse en lo que es hoy una prestigiada organización de más de 3 mil miembros. A partir de los años setenta y ochenta, la Academia inicia sus programas de difusión y promoción de la ciencia: los Domingos en la Ciencia, Computación para Niños y Jóvenes, los Veranos de la Investigación Científica, las Olimpiadas Nacionales de Ciencia, programas paradigmáticos, únicos en México que han iniciado a miles, tal vez decenas de miles de niños y jóvenes en los placeres de la ciencia.

Probablemente los logros más importantes de la Academia han estado en el ámbito político, como interlocutora y promotora de la creación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en 1970 y del Sistema Nacional de Investigadores (SNI ) en 1984. En el Conacyt se gesta el primer programa de becas nacional, heredero del programa del Instituto Nacional de Investigación Científica fundado en 1960.

El programa de becas ha crecido hasta su máximo histórico actual por encima de los 30 mil becarios. En el Conacyt se gesta el primer programa de apoyo a los proyectos de investigación, programa que hoy financia miles de proyectos anualmente; se crea, a lo largo de los años, un sistema de centros de investigación multidisciplinario bien distribuido en el territorio nacional.

Momento de gran expansión educativa y científica, los años setenta se verían seguidos por las crisis de los ochenta. Crisis que la creatividad de los académicos convierte en oportunidad al proponer y diseñar para el gobierno el Sistema Nacional de Investigadores. Desde diferentes oficinas en la Academia y el gobierno, se detona con el SNI  el cambio estructural más profundo en la ciencia mexicana. Desde entonces el SNI  ha pasado de los meros mil 200 investigadores iniciales a los más de 16 mil investigadores actuales pero, más importante aún, el SNI  ha contribuido de manera notable en el proceso de profesionalización de la ciencia mexicana. Estos momentos muestran, más allá de toda duda, que la colaboración de los científicos organizados y el gobierno puede rendir frutos importantes.

El principal nicho de desarrollo científico en el país se ha dado en las universidades e institutos de educación superior de la Ciudad de México, en particular la UNAM, los Institutos Nacionales de Salud, el Cinvestav, la UAM, El Colegio de México. En los años recientes se ha ido acelerando el desarrollo de grupos de investigación en universidades públicas estatales. La distribución de los científicos en el SNI  es también un indicador del desarrollo en CyT en las diferentes entidades del país.

Al fundarse el SNI , 80 por ciento de los investigadores se concentraban en el área metropolitana de la Ciudad de México. Esa cifra ha disminuido poco a poco hasta alcanzar el actual 45 por ciento. Sin embargo, la distribución en el país no es homogénea, siendo las entidades con mayor número de investigadores Morelos, Puebla, Jalisco, Nuevo León, Querétaro, Baja California, Guanajuato y el Estado de México.

Pero, ¿dónde está la ciencia mexicana hoy? Contestamos con brevedad: la ciencia en México ha dado pasos importantes: se construyó un sistema científico de calidad, aunque todavía pequeño. Contamos con algunos cuerpos de investigación de nivel internacional que laboran en instituciones sólidas y modernas. La producción medida en artículos y en formación de recursos humanos de alto nivel va en aumento, así México ocupa el séptimo lugar mundial en lo que a crecimiento anual de la producción de artículos científicos se refiere y más de 2 mil estudiantes mexicanos terminan, cada año, su formación doctoral en México o el extranjero.

Importantes grupos participan en los grandes proyectos del mundo, en el CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear), en el Pierre Auger, en el Código de Barras de la Vida, proyectos todos donde el Conacyt ha sido invitado a formar parte de los Consejos Directivos.

Se está por concluir en un año el proyecto de Primera Luz del Gran Telescopio Milimétrico (GTM), la obra de instrumentación más importante de la historia de Latinoamérica que ha sido un proyecto conjunto, desde su inicio en 1994, entre el Instituto Nacional de Astrofísica Óptica y Electrónica (INAOE), uno de los centros del sistema Conacyt, y la Universidad de Massachusetts.

En noviembre pasado, el Laboratorio en Irapuato, Langebio del Cinvestav, que fue financiado parcialmente con recursos otorgados por el Conacyt, ganó, con la decodificación del genoma del maíz, la portada de Nature; en noviembre también se publicó el primer artículo con resultados del Large Hadron Collider, el experimento más grande del mundo, donde detectores construidos en la UNAM juegan un papel central. La ciencia mexicana tiene limitaciones y problemas, pero es altamente competitiva y está obteniendo mejores resultados que nunca.

A principios de los años noventa del siglo pasado, el científico argentino Patricio Garrahan decía sobre su país: “en Argentina tenemos científicos, pero no tenemos ciencia”. Esta reflexión es todavía válida para Argentina, como lo es para otros países de la región latinoamericana, incluido México. Tenemos grupos de científicos de primer nivel, pero el “aparato” científico no ha logrado un impacto notable en la sociedad. Esta es la manifestación general de la serie de problemáticas que vive la ciencia nacional.

En efecto, problemas en la ciencia mexicana hay muchos y no se trata de ocultarlos: nuestra ciencia no ha alcanzado en muchos casos los niveles de calidad a los que aspiramos; hay estados completos de la federación que no han logrado construir cuerpos de investigación; hay escasez de recursos destinados al ramo, mientras  una ley de 1 por ciento en CyT es año con año ignorada por los diputados; padecemos un envejecimiento alarmante de la planta de investigadores; los escasos vínculos del mundo académico y el sector productivo repercuten en una industria dependiente y en escasa oferta de empleo de alto nivel técnico. Todos estos problemas estructurales que costará tiempo y esfuerzo corregir. Puntualicemos algunos aspectos importantes:

La evolución de la matrícula de educación superior en México tiene un crecimiento espectacular en los últimos decenios del siglo XX, hasta alcanzar una cobertura de casi 24 por ciento de la población entre 20 y 24 años. Esta cobertura, si bien baja todavía, es similar a la que tenía Gran Bretaña hace apenas 20 años. En el lapso que va de 1980 a 2000, las instituciones públicas de educación superior duplicaron su número y se hicieron más grandes. En ese periodo, el número de titulados por año se cuadruplicó. Sin embargo, la matrícula en carreras científicas disminuyó en términos relativos y en algunas universidades también en números absolutos.

Carreras de contaduría y administración pasaron de contar con 16 por ciento de la matrícula en 1980 a 30 por ciento en 2008, mientras que biología, matemáticas, química y física, todas juntas, no llegan a 3 por ciento. Las únicas carreras modernas que han crecido en los años recientes son licenciado en informática e ingeniero en sistemas computacionales, que figuran ya entre las 16 carreras más demandadas.

En cuanto a la formación de recursos humanos, el Conacyt decidió, desde hace algunos años, apoyar los posgrados de calidad en México por medio de la creación del Programa Nacional de Posgrado. No obstante este esfuerzo, las comparaciones internacionales muestran, sobre todo en el nivel de doctorado, que el número de graduados es todavía muy pequeño. Por ejemplo, la ciencia brasileña tiene en términos generales el doble de tamaño que la mexicana (número de científicos, gasto relativo del gobierno); sin embargo, Brasil doctora cinco veces más estudiantes que México.

No hemos logrado convencer, ni con los hechos ni con las palabras, a la sociedad mexicana de la importancia de la ciencia para el desarrollo económico, para el desarrollo social, para el bienestar humano. Este es un problema de la mayor importancia: la educación y la ciencia deben estar encaminadas a lograr mejores condiciones sociales: menos pobreza, justicia, derechos humanos, igualdad de oportunidades. La sociedad mexicana, y con ella el gobierno del país, no perciben que la ciencia haya logrado o pueda lograr, en México, la mejora en estas variables humanas y sociales.

Eugene Garfield, el padre de la cienciometría, en los años ochenta, notaba que los grupos de alto nivel latinoamericano formaban “islas de competencia”, donde raramente se citan los artículos producidos por otros grupos del mismo país, en raras ocasiones se comparte la infraestructura científica, tan cara y escasa en la zona.

Nos detenemos en este último punto. La ciencia se desarrolla generalmente en un ambiente competitivo: se compite por recursos, prioridad en los resultados y prestigio. Al mismo tiempo, dentro de un laboratorio y con la dirección de los líderes académicos, la gente colabora, comparte ideas, recursos y publica en grupo. No es difícil entender entonces cómo surgen y se mantienen las islas de competencia.

En años recientes una corriente mundial que se origina en los países más desarrollados parece revertir la tendencia a la competencia entre los grupos de investigación: la creación de redes de investigación. Las redes de investigación buscan conectar grupos de investigación con intereses comunes para la resolución de problemas de gran dificultad e interés.

La relación entre los centros de investigación sigue reglas sencillas y flexibles, que resultan ser muy poderosas al sumar expertos en diferentes áreas, con diferentes visiones, a la búsqueda común de soluciones, compartiendo recursos, infraestructura y finalmente, resultados. La ética de la confianza y la colaboración permite a los participantes de una red reducir la competencia, ayudarse a resolver problemas científicos, intercambiar estudiantes, en fin, sumar fuerzas. En cierto sentido, la red científica, convierte a todos los participantes en colegas, todos comparten ideas, todos comparten la infraestructura tecnológica de la red.

El Conacyt inició en 2008 un programa de Redes Temáticas, orientado a fortalecer la relación académica de las instituciones y grupos de científicos mexicanos por medio de intensos intercambios, visitas y proyectos conjuntos, con el propósito de hacer más eficiente el trabajo académico y el uso de recursos humanos y de infraestructura. Los temas elegidos para las redes son de carácter multidisciplinario, en áreas estratégicas como agua, energía, medio ambiente y otros temas centrales. Otro propósito que se persigue es, por medio de las redes, vincular de manera más estrecha los grupos académicos con la industria mexicana, aprovechando las relaciones establecidas por algunos de los participantes en la red correspondiente. Se trata, finalmente que sean los propios científicos los que piensen en el desarrollo de la ciencia, las prioridades, las necesidades futuras y planeen, junto con el Conacyt, las direcciones que tomarán los programas de ciencias en el futuro.

Una sociedad alerta debe comprender que la ciencia es importante por dos razones fundamentales: primero, el desarrollo de la ciencia exige un sistema educativo fuerte y de alta calidad, lo que fomenta el espíritu crítico, el pensamiento independiente y, por ende, la soberanía nacional. Recordemos que, como decía Thomas Jefferson, la democracia resulta imposible sin un pueblo instruido. Por ello, México requiere una sociedad donde prevalezca la búsqueda de la verdad y el entendimiento, valores estos que resultan fundamentales en la práctica cotidiana de la ciencia.

En segundo lugar,  México necesita construir  las condiciones para el desarrollo de una infraestructura industrial moderna, lo que sólo podrá darse poco a poco y sólo si contamos con un cuerpo de científicos y tecnólogos mucho más numeroso que el actual, universidades públicas con un sistema de investigación científica mucho más desarrollado, centros de investigación básica en áreas estratégicas.

Con esa base educativa sólida y la convicción social en la ruta que marca la ciencia, podríamos soñar otros futuros. Futuros ambiciosos, donde los científicos mexicanos aspiren al Premio Nobel, donde la ciencia y sus aplicaciones tengan el impacto económico y social que hoy envidiamos de otras latitudes. Futuros en que la sociedad mexicana sea más educada, más justa y más feliz.

Juan Carlos Romero Hicks es Director general del Conacyt.
José Antonio de la Peña es Director adjunto de Desarrollo Científico del Conacyt.

 

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